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Medicinas para el alma

Por: Alirio Castro Peña

Por estos días turbulentos y viscerales donde los colombianos estamos esperando que por fin termine este largo camino electoral, tortuoso por demás para muchos y ya agotador para casi todos, no vendría mal un momento de acompañar una semana tranquila y moderada en nuestro existir.

Recibí en casa la visita del médico por un tema de gripe que me acompañaba ya casi por tres semanas, pero que terminó agudizándose después de que me dejase mojar por la lluvia en una de estas frías noches en la capital del país. Hace tan sólo una semana estaba prácticamente con la presión baja, con saturación de 87 SpO2. La alerta inminente del médico fue que había que ir al hospital. Esto me preocupó y también a mi familia, mientras que el médico agregó en tono coloquial que hoy en día todos pendemos de esa delgada línea que nos está separando en todo aspecto de nuestras vidas. No entendí.

El caso es que me permití sugerirle al médico que desistiera de la idea de enviarme a una de esas clínicas con el riesgo de sufrir una peor recaída de salud; aprovecho para contarles que no hay más tedioso y triste que pasar la noche en una cama distinta a la que nos acoge cada noche. Fue así como ésta semana gracias a que estuve en casa obligatoriamente cumpliendo la incapacidad entregada por el médico, me llevó a aprovechar el tiempo para leer un libro de astronomía casi por completo, los astros estaban alineándose gradualmente y esto es una buena noticia, no sólo para mí sino también para quienes me rodean. Aproveché para tomar durante la mañana el sol matutino desde mi ventana en el occidente bogotano, ya que mi apartamento permite recibir los rayos del astro rey, los de la mañana y los de la tarde. Una bendición para mí.

Entendí que la primera medicina que estaba haciendo bien para mi mente, cuerpo y alma, es la lectura, cualquiera que sea pero que al final del día me ha dejado una plácida sensación de haber aprendido algo nuevo para mi vida. Después me vino un sobresalto, recordé algo y corrí a revisar el recetario del médico que me había visitado en casa, y al leer de nuevo las recomendaciones de recuperación, entendí que estaba recibiendo la dosis adecuada tal como la formuló, un tiempo frente al sol mañanero que calentó piel y huesos después de la noche frívola que había penetrado de helaje también hasta el alma. Muy reconfortante empezar el día con esa segunda medicina.

Aire y agua eran los siguientes elementos recomendados, y estuve cumpliendo al pie de la letra los tiempos y cantidades recetadas. Entonces me permití hacer de mi tiempo un espacio para practicar momentos de relajación practicando una buena respiración, llenando mis pulmones de aire, con lapsos sincronizados de toma de agua. Estas son las dos vitaminas más preciadas de nuestra existencia.

Rondando la mitad de semana incapacitado en casa, por descuido propio, no había estado acatando una de las recomendaciones médicas, que después de todo no son más que sugerencias para que cada uno decida si las toma y practica en su paso por este planeta; se trataba del ejercicio. Se trató de una reflexión después de haber revisado mi canal de mensajes donde un viejo amigo de universidad me enviaba un loco video durante un recorrido en bici, sosteniendo el manubrio con una mano y sujetando con la otra el celular para captar una secuencia de imágenes. Fue como correr con los ojos lugares de un barrio que no está tan lejos del mío, fue como querer sentir esa misma proeza porque así lo estaba viendo, y que al finalizar me llevó a levantarme del sillón, dejar de lado el libro de astronomía y empezar a estirar brazos, piernas y espalda; que, aunque me sentía afectado por la tos que persistía, no vendría de mal tomarme esos minutos para un poco de diversión.

Exactamente el ejercicio recomendado me estaba llevando a la siguiente medicina, la risa y diversión, necesaria para dejar relegada la perturbación que ha venido dejando los ataques, confrontaciones y diferencias entre temas de interés nacional. En este sentido concluí que a veces creemos que dar de la propia medicina es la solución a avatares diarios en el sucinto de nuestras vidas. No había que perder tiempo, no había que desperdiciar cualquier pretexto para deshacer tristezas y frustraciones de la vida, había que correr de prisa ya que esto de vez en cuando nos libera de presiones, había que estirar extremidades para desatar nudos que nos atan no solo físicamente. La mente también termina atada y anclada a falsas realidades.

Creo que había omitido decirles que fueron siete mejores medicinas para el alma las recetadas por este médico. Ya estaban andando al noventa y tres SpO2 de saturación el sol, la lectura, el agua, el aire y el ejercicio acompañado de risa (diversión). Faltaba una sola más que daría luz verde para estar hoy aquí contándoles esto. En este sentido descubrí que la última medicina afirmaba ser de libre elección.

Pensé entre varias opciones: la oración, el amor, el sexo, el sueño, la buena alimentación, la meditación entre otras. Todas muy recomendadas que en las vicisitudes del existir son completamente efectivas para seguir en el camino de la vida.

Al final del día mi hija me pidió que le cantara una canción que por fortuna ha venido teniendo buena conexión con las que me gustan a mi también, me dijo que le cantara alguna que no conociera ya que paso a paso hemos desempolvado muchas melodías con las que ella ha sido muy receptiva y eso también es medicina para el alma.

Concluí que lo que era a libre albedrío no era más que la música para el alma. Entonces no sé por qué razón pensé en una vieja tonada argentina llamada las cosas tienen movimiento (así como los planetas) de un ganador de Grammy único en su género llamado Juan Carlos Baglietto. Esta melodía siempre me ha engrandecido el alma, ha sido como una voz, como un sentimiento o una canción; algo más que me ha ayudado a despertar, a seguir, a no bajar la guardia. Siempre a seguir.

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